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martes, 16 de febrero de 2010

El amor sí es lo que importa


¿Casarse ¿es obligarse?
Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del sí se aman tanto, con tal locura e intensidad… que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.
Siendo verdad cuanto antecede, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.
Y «eso», ¿no es una locura?
La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me ha llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una sublime ingenuidad, casi una demencia.
En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.
Y añado, con todo el respeto posible, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano… o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.
¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?
Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese «hacerse aptos», la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.
Lo importante
Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistar teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).
Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello… y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni «los papeles» ni «la bendición del cura».

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).
Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud.
Virtud… ¡qué aburrimiento!
No quiero insistir en que el hábito tiene mucha menos relación con la repetición de actos —que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía— que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigoriza.
Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.
La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico (llamadas en filosofía hábitos dianoéticos): solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).
Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, para más INRI, disfruta como un enano al realizarlo.
De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un «más difícil todavía» carente de término, sino —justo gracias a las virtudes— una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.
La génesis de las virtudes
Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del «uso de razón»—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.
Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor (o pierde el miedo) como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina —ya sin miedo— a volver y volver a saltar.
Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad… imposible sin esa donación absoluta.
Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar… hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio: de un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.
De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida…: conyugalmente.
Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha ofrendado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.
Habilitarse… más o menos
Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que habremos de dar —¡si nos pillan!— por lo que hemos hecho mal o —nos encargamos nosotros de dejarlo claro— por lo bueno que hay en nuestra vida.
De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido… bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico «cachas», etc.
Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.
Pongámonos en el supuesto de acciones buenas.Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.
Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!
Una puntualización importante
Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.
Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando (aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que —si está bien escogido— ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella).
Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.
O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.
En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades… que ahora ya son posibles.
La gran aventura
Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.
Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida, ¿cómo no va a responder nuestra persona —¡a ese solo acto!— incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?
¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.
¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lastima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:
quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena;
no tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?;
una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado;
la mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías —¡y las agallas!— para seguir adelante.
Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).
No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto-omisión nos vamos incapacitando paulatinamente para amar de la forma correcta.
Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!
Autor: Tomás Melendo Granados

jueves, 13 de marzo de 2008

Los por qués de dejar para mañana lo que sería mejor hacer hoy




Especial Agencia CyTA-Instituto Leloir) A partir de sus indagaciones en el tema de por qué portergan las personas el hacer diferentes tipos de cosas, el psicólogo canadiense Piers Steel de la Universidad de Calgary en Alberta, Canadá, identificó cuatro factores básicos escondidos detrás de la postergación.


Ellos son: la confianza que una persona tiene en completar cierta tarea con éxito, la facilidad con que se distrae, el grado de placer que le produce el trabajo a realizar y el lapso que media hasta obtener la recompensa después de finalizarlo.



Steel insinúa que todos preferimos el aquí y ahora más que lo que pueda llegar mañana. Si algo puede ser realizado ahora y podemos obtener placer enseguida, lo valoramos más que algo que tendrá una recompensa tardía y tal vez, improbable.



Tomando en consideración que la postergación depende no sólo de la estructura de nuestra personalidad y de la situación particular en que nos encontremos, sino también de la utilidad que le asignemos, Steel hasta llegó a diseñar una ecuación matemática que pondera este último aspecto.



Así, para él, la utilidad sería el cociente entre E x V e I x D, donde E es la confianza que tenemos respecto de terminar la tarea correctamente; V, cuán placentera la consideramos; I, cuán proclives a la distracción somos y D, cuánto tiempo va a transcurrir hasta que llegue la recompensa por haber completado el trabajo.





tenido una variada receptividad. Por ejemplo, Tim Pychyl, psicólogo de la Universidad Carleton de Ottawa, Canadá, sostiene que su trabajo con las personas adictas a la postergación revelan una historia distinta que nada tiene que ver con esos factores.

No hablan de esos cálculos mentales. Dicen que postergan porque se sienten debilitados por la culpa o la vergüenza o porque aman el desafío del esfuerzo hecho a último momento.
John Kammeyer-Mueller de la Universidad de Florida (Estados Unidos), comenta por su parte que las personas tienen una competencia perpetua entre satisfacer su presente o beneficiar su futuro.

Para este experto, la fórmula de Steel ilumina muchos rompecabezas de la naturaleza humana, desde por qué hay jóvenes que abandonan los estudios y hay personas que son infieles a sus parejas hasta el motivo por el cual los que están excedidos de peso no se ajustan a las dietas. A su entender, Steel aporta un conjunto de herramientas para entender cómo juega el conflicto interno entre los deseos.

En esa preferencia por vivir el momento antes que por prepararse para un futuro incierto, Steel también encuentra propensos a los gobiernos. Y explica por qué: Hay gente que enmarca el debate sobre el clima en estos términos: ¿Debemos sufrir un poquito ahora para evitar el riesgo de gran devastación más adelante? Tenemos la tecnología para manejar el cambio climático ahora, pero querer hacerlo es otra cosa.

Algunas personas pueden realizar un disciplinado acercamiento para abordar las tareas que se le presenten; pero otras, por falta de confianza y debido a su tendencia a desviarse de un compromiso, hacen de la postergación una norma, lamenta Steel.

No obstante, está convencido de que sus análisis no sólo pueden ayudar a minimizar las tácticas de demora, sino también, a echar una nueva luz sobre la motivación en general















































































Fuentes:http://www.saludyciencias.com.ar/























































































P/D: Factores que influyen en la postergación: la confianza que alguien tiene en completar una tarea...

lunes, 10 de marzo de 2008

Vivir con un extraño



Cuando la violencia se instala en la propia casa

Cada vez hay más denuncias de casos de violencia familiar, según datos estadísticos del Servicio de Atención y Asistencia en Violencia Familiar del gobierno local.

El Servicio de Atención y Asistencia en Violencia Familiar del gobiernolocal está trabajando desde el 2002 con problemáticas de violencia doméstica y recibe diariamente consultas de las víctimas.Adriana González, licenciada en Trabajo Social, está a cargo de dicha área que funciona en Gandini 92, de lunes a viernes, de 8.30 a 14.30, tel. 445805 (interno 118).Al ser entrevistada por DEMOCRACIA, informó sobre la temática abordada en según datos estadísticos va en franco aumento en nuestra ciudad. A continuación se detalla parte del diálogo.- Usted habla de un incremento del número de consultas que recibe. ¿En base a qué parámetro?- El incremento de las consultas se observa comparando la estadística del servicio de los años 2006 y 2007.
El año pasado hubo un total de 1723 consultas, un 26 por ciento más de consultas que el año anterior, que fueron 1279, contabilizando los casos de los que acuden por primera vez y los que continúan yendo (ver cuadro aparte).- ¿Quienes concurren?- Acá concurren personas que tienen problemas o conocen alguna situación de violencia doméstica o intramuros y quieren consultar por el tratamiento de la misma.- ¿Qué característica tiene la violencia familiar?- Tiene dos características particulares: se produce dentro de un domicilio donde sus miembros son afectados por violencia familiar de diferente manera. Es una cuestión de índole privada, si las personas que lo viven no piden ayuda o no manifiestan que lo padecen nadie se puede enterar.


Otra característica es que es un proceso cotidiano, lento y progresivo. Estas patologías llevan muchos años de formación y generalmente las personas afectadas no se dan cuenta. Es así hasta cuando se produce una situación que las hace pensar que están ante una persona violenta.- ¿Cuál es el límite entre un conflicto familiar y un problema de violencia doméstica?- Esto va a depender muchísimo del núcleo familiar conviviente. Nosotros estamos dando talleres en establecimientos educativos, esta experiencia nos permite observar que a los chicos de escuelas perifé-ricas un insulto y hasta un empujón está neutralizado como algo cotidiano y común, que no debería permitirse pero lo naturalizó; pero quizá otro chico con otra condición cultural y educativa, sí puedeiones de violencia doméstica cuando escucha al papá y a la mamá insultarse, gritarse. Las dos cuestiones mencionadas son problemas de violencia doméstica, no deberían existir ni la una ni la otra, pero depende mucho de la situación, del contexto donde se desarrolla esto y de las personas que lo viven.En estos casos, la violencia psicológica o emocional siempre está, aunque haya o no violencia física, y es la que la gente tarda más en descubrir. Las mujeres, los grupos más vulnerables, están más acostumbrados a permitir un grito o una falta de respeto, y recién se dan cuenta cuando recibieron el primer golpe. Pero cuando empieza a sentir temor por la reacción de su pareja o concubino, ahí ya estaríamos hablando de situaciones de violencia.-
¿Influyen los medios de comunicación social en esta problemática?- Estamos frente a un contexto social determinado. Este contexto hoy nos muestra falta de límites que repercute en los adolescentes, en los chicos cuando carecen de hábitos concretos y permanentes, hábitos muy simples como que los chicos se tienen que levantar para ir a la escuela a un determinado horario y no otro. Todo esto, a lo que en algún momento no se le da importancia, van haciendo a los hábitos y a que los sujetos nos acostumbremos a vivir en sociedad y a que no se pongan "nerviosos" si las cosas no salen como lo pensaron.También este contexto social sirve hoy para que las mujeres se animen a cortar más estas situaciones de violencia familiar que atraviesan.-
¿Estas situaciones pueden afectar a los niños? - Es muy factible que la mujer pueda trasladar hacia sus hijos la situación de violencia que vive con el marido. Y si no, estos chicos también pueden ser sometidos por el padre, el hombre, y tengan problemas de violencia.- ¿Las mujeres que van al servicio hicieron algún tipo de denuncia antes?- Las situaciones pueden estar judicializadas o no, es decir pueden haber hecho denuncia y hasta haber causa o nunca haber concurrido a hacer una denuncia policial.Las intervenciones profesionales que hacemos tienen que ver con tratamientos sociales. Por ejemplo, podemos recomendar que vayan con el tratamiento psicológico y podemos tramitar los turnos con los psicólogos de las unidades sanitarias. En general, las intervenciones sociales pueden ser: entrevistas individuales o reuniones gru-pales. Por otra parte, tenemos en funcionamiento grupos de autoayuda para mujeres que han sufrido problemática de violencia doméstica.También trabajamos con adolescentes que han sufrido problemas de violencia doméstica. Esto es un proyecto que es del año 2004 tenemos convenido por concurso con el Ministerio de Desarrollo Humano de la provincia de Buenos Aires.Nos manejamos con abogados de entidades oficiales, de Defensoría Oficial o de Juzgados o del Colegio de Abogados, que le asigna un abogado para litigar sin gastos, pero muchos de los que vienen a consultar ya tienen un patrocinio legal.





P/D:al principio es la incredulidad , luego la sorpresa, despues la impotencia, el horror... En los noticieros y en los consultorios y los diarios nos enteramos que una madre matò a su hija, que un padre abuso de sus hijas, etc.,etc,etc...
la lista de posibilidades es muy amplia y los casos , incontables, las estadisticas nos hablan de cifras abrumadoras y la realidad nos enseña situaciones escalofriantes.
Pero peor aùn cuando los casos resultan en hogares que se ven decentes , normales, correctos, porque aunque se sepa de memoria que las apariencias engañan, uno s se deja llevra por ella, hasta que ondamos màs en la intimidad de convivencias de familias... Y confirmo una vez màs que lo que se ve son sòlo fachadas capaces de albergar secretos temibles...todo puede pasar en el lugar menos esperado.

¡¡Cumpleaños de verydiro!!

¡¡AMIGO TILDA PLAY Y ESCUCHA MÚSICA DEL ALMA!!


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¡¡Una luz contra el cáncer... no dejemos que se apague.!!

Vela contra el cancer