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jueves, 22 de mayo de 2008

Santa Rita de Casia


Cuando entramos en muchas iglesias nos encontramos con la imagen de una Santa que llama la atención. Vestida de negro, con una rosa en sus manos, e hincada en su frente una espina atroz. La reconocemos inmediatamente:es Santa Rita de Casia, la italiana del siglo quince que se ha hecho tan popular porque --dicen-- alcanza de Dios las gracias más difíciles...


Rita derrocha ejemplaridad en todos los estados de vida de la mujer. Niña, es un angelito encantador. Jovencita, es una estampa de piedad, de simpatía y de cariño. Se casa, y en su hogar va a ser una mujer excepcional en la práctica de las virtudes más heroicas.


Sueña en el amor, naturalmente. Pero apenas va a saber lo que es una luna de miel. Porque el marido le resulta fatal. Dominante, violento, brutal, es un dueño sobre una esclava:

- ¿Que quieres ir a Misa? Vete, pero porque yo te doy permiso, ¡y basta!...

Así un día y otro día. Rita lo soporta todo con bondad inalterable. Aunque oye a las amigas:

- Pero, Rita, ¿cómo tienes tanta paciencia, cómo aguantas tanto?...

Y ella, inquebrantable en medio de su dolor:

- Dios sobre todo. Veremos quién vence al fin.


Su norma ante la conducta del marido es clara.

Ante la violencia, dulzura.

Ante los atropellos, aguante pasivo.

Ante la falta de fe en él, oración continua, sin fe en el marido, pero con mucha fe en Dios.


Hasta que llega el milagro. Primero en el marido y después en la pequeña población en que viven.


El marido se vuelve a Dios; se da cuenta del tesoro de mujer que tiene y comienza a amarla locamente.

Diríamos que está recuperando con un amor apasionado lo que antes había perdido con tanta frialdad. El pueblo también. Empiezan todos a admirar a Rita, la toman como ejemplo, y los ciudadanos, que vivían antes en luchas de partido violentas y continuas, hacen las paces entre sí para vivir en la concordia y la paz.


Hasta que vienen las pruebas más dolorosas. Mueren los papás de Rita, muy queridos de ella. Y después de los papás, el marido, asesinado por aquel enemigo personal que no le perdona una antigua ofensa. Lo invita hipócritamente a salir con él, y lo mata en las afueras de la población.


¡Pobre Rita! ¡Ahora que era tan feliz con su marido, después que lo supo ganar para Dios y para sí misma!... Pero faltaba lo peor. Los dos hijos no aguantan la muerte de su padre; Rita presiente que un día la van a vengar matando al asesino, y le pide a Dios:

- ¡No, Dios mío, no lo permitas! Llévatelos antes de que manchen sus manos con sangre.

El Señor la escucha, y los dos hijos mueren antes que perder la gracia de Dios con un asesinato...


Pedir a Dios una gracia como ésta no lo hace cualquiera. Esto lo hace sólo una mujer de la talla de Rita. Se necesitaba un valor sobrehumano.


Libre ahora de todo lazo familiar, cuando está en lo mejor de la vida, a sus treinta y tantos años le vuelve aquel sueño que ha tenido toda mujer verdaderamente cristiana: ¿por qué no darme del todo a Dios? Rita lo cumple. Entra en el monasterio de las Agustinas de Casia, y la oración y la penitencia por la salvación del mundo van a ser los ideales y las ocupaciones de su vida.


Ahora vamos a entender el misterio de esa espina en la frente y esa flor encendida que lucen las imágenes de Rita.


La Pasión de Jesucristo la tiene obsesionada. Se postra un día delante del Santo Cristo y siente que el Señor la quiere hacer participar de sus dolores. Rita acepta, y ve cómo se clava una espina aguda en la frente, que empieza causarle dolores insoportables. La llaga purulenta que le abre produce un olor tan fétido que obligará a Rita a vivir separada de las demás porque no se la puede aguantar. Hace una peregrinación a Roma, y le pide al Señor que durante el viaje le quite aquel hedor tan repugnante. Dios se lo concede, y, regresada a su convento, cae postrada en el lecho con una enfermedad que la tiene crucificada los últimos años de su vida. Recibe la visita de una antigua amiga, que le dice:

- Rita, ¿quieres alguna cosa?

- Sí; vete a mi pueblo, y tráeme del huerto de mi casa una rosa y dos higos frescos. La amiga se queda desconcertada.

- ¿Que Rita se ha vuelto loca? ¿Cómo en medio del frío helado y la nieve de Enero se le ocurre pedir rosas e higos?

Pero la amiga va a cumplir el encargo, y encuentra la flor en el rosal helado y los higos pendientes del árbol seco...


Era el signo del Cielo, tomado de la Biblia en el Cantar de los Cantares: - Levántate, amiga mía, esposa mía, y ven, que ya ha pasado el invierno y han cesado las lluvias. Ya han brotado en la tierra las flores, y ha echado la higuera sus yemas. Levántate, amada mía, esposa mía, y ven.


Jesús la llamaba para el descanso eterno. Santa Rita, muy querida del pueblo cristiano. Esposa y madre tan bella. Enamorada de Jesucristo y de su Pasión. La de la Espina de Cristo, la de la rosa y de los frutos frescos....














jueves, 10 de abril de 2008

Camila O’ Gorman & Ladislao Gutiérrez: el amor más prohibido

El era sacerdote. Ella, una niña de sociedad. A pesar de los severos límites que imponían esas circunstancias, los ahogó una pasión que terminó por matarlos: el Restaurador, Juan Manuel de Rosas, ordenó su fusilamiento aun sabiendo que ella estaba embarazada. La actual iglesia del Socorro, en Suipacha y Juncal, fue escenario del despertar de este amor desgraciado. Por los años 1847/48, plena época rosista, el lugar era un tranquilo barrio de quintas arboladas entre cuyo verdor se destacaban las elegantes torres del templo. En las cercanías vivía la familia O’Gorman, compuesta por el padre, de origen francoirlandés; la madre, porteña de antigua estirpe, y seis hijos, entre los que se distinguía Camila.


Esta joven, de unos veinte años, era, al decir de Berutti, "muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil pues tocaba el piano y cantaba embelesando a los que la oían". Camila, además, tenía una gran personalidad, quizás heredada de su célebre y bella abuela Anita Perichon, amante del virrey Liniers. Como casi todas las mujeres de esa época, Camila era bastante devota. Iba a misa con frecuencia y le gustaban mucho los sermones del nuevo párroco. A veces él iba de visita a su casa. Poco a poco se hicieron amigos y empezaron a encontrarse en sus paseos por Palermo


El otro protagonista de esta historia había llegado unos años antes desde Tucumán. Era, según recordaba Antonino Reyes, "un joven de pelo negro y ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados y un conjunto simpático". Decían que era "juicioso y lleno de aptitudes" y venía a Buenos Aires para seguir la carrera eclesiástica. Ordenado sacerdote a los veinticuatro años, Ladislao Gutiérrez fue designado párroco en la iglesia del Socorro. Pronto reparó en la joven alta, de pelo castaño y expresivos ojos oscuros, de andar elegante y gracioso. No tuvo que esperar mucho para que se la presentaran: era hermana de Eduardo O’Gorman, compañero en la carrera sacerdotal.


La pasión


Camila comenzó a sentir algo nuevo, completamente nuevo y desconocido. Cuando escuchaba sus sermones en la iglesia, su voz decía más que las palabras que pronunciaba, y mientras se dirigía a toda la concurrencia era ella la que recibía la mirada de sus pupilas ardientes y sentía que un licor la incendiaba por dentro. Una vez más se imponía el misterio del amor entre dos seres. Tampoco él podía acallarlo. ¡Camila! Su presencia transformaba el oscuro recinto del templo en un lugar paradisíaco. Desde que hacía su aparición, sentándose con gracia en la alfombra extendida por su sirviente, sólo podía dirigirse a ella. Nunca había sentido algo así por nadie. Aumentaron sus conversaciones y paseos. Ella tenía muchas dudas respecto de la religión y él trataba de aclarárselas, aunque las suyas iban creciendo a medida que pasaban los días. ¿En qué se basaba su vocación? ¿A quién debía fidelidad? ¿Era Dios como se lo habían enseñado? ¿Quién podía arrogarse el derecho de conocer sus deseos? ¿No era El responsable de esa atracción irresistible entre ellos? Cuando les resultó imposible ignorar ante sí mismos que se querían, él la tranquilizó convenciéndola de que aquello no era un crimen. Reconocía haberse equivocado al seguir la carrera sacerdotal, pero consideraba que, por las circunstancias, sus votos eran nulos. Y si la sociedad no permitía que la hiciera su esposa ante el mundo, el la haría suya ante Dios. Querían cumplir su voluntad, vivir juntos y multiplicarse como la pareja primigenia. El había cometido un error, pero ante todo era un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, con inteligencia y libertad para arrepentirse de su decisión equivocada y empezar una nueva vida junto al ser querido que Dios había puesto en su camino. Todo desaparecía ante la imperiosa necesidad de vivir juntos. Dejarlo todo para tenerlo todo. Nada podía existir superior a esto.


La fuga


Camila se dejó convencer. No podía imaginarse la vida sin él. Empezaron a concebir la idea de huir de Buenos Aires y cambiar de identidad para poder vivir casados ante Dios y ante los hombres. Pero, ¿adónde irían para que no los pudieran alcanzar las autoridades civiles y eclesiásticas? ¿Y cuánto aguantaría una delicada niña, acostumbrada a la vida muelle y entretenida de las porteñas amigas de Manuelita Rosas, las estrecheces por las que deberían pasar hasta llegar a instalarse en un lugar seguro? Poco a poco fueron forjando el plan: llevarían algo de ropa, lo que pudieran juntar de plata y dos caballos. Irían hacia Luján, de allí pasarían a Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. El destino final, si todo andaba bien, sería Río de Janeiro. Al pasar a Santa Fe fingirían haber perdido los pasaportes y pedirían otros con nombres falsos. El 12 de diciembre de 1847 fue el día elegido para la fuga. Al llegar a Luján, en una enramada que les había proporcionado el mesero y bajo la noche refulgente de estrellas, los amantes tuvieron su momento de felicidad. Mientras tanto, en Buenos Aires, a la consternación había seguido el pánico: ¿cómo tomaría el Restaurador de las Leyes y del Orden este desacato a todas las normas morales, civiles y sociales? Pasados diez días, Adolfo O’Gorman denunció el hecho al gobernador como "el acto más atroz y nunca oído en el país", mientras el obispo Medrano pedía al gobernador que "en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento". A Rosas lo tenían sin cuidado los amancebamientos de algunos curas. Lo que no podía tolerar era una falta de obediencia hacia su persona. Rosas podría haber usado su poder en forma magnánima para perdonar. Si los jóvenes hubieran acudido a pedirle ayuda, seguramente lo habría hecho. Pero al escándalo de la fuga se sumaba el ser partícipe de ella una niña tan relacionada en sociedad. Por el momento, la suerte parecía sonreír a los enamorados. Ya en Paraná, en febrero de 1848, consiguieron un pasaporte a nombre de Máximo Brandier, comerciante, natural de Jujuy, y su esposa, Valentina Desan. Al llegar a Goya con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad.

Pudieron vivir cuatro meses en una relativa felicidad, olvidando la persecución de que eran objeto. El 16 de junio ocurrió el desastre cuando encontraron en una casa de familia a un sacerdote irlandés que conocía a Gutiérrez. Tomados por sorpresa, sólo atinaron a negar su verdadera identidad. La noticia voló y al día siguiente, por orden del gobernador Virasoro, los dos maestros fueron encarcelados e incomunicados. La maquinaria del poder empezaba su obra despiadada.


Los reos


En cuanto Rosas conoció la noticia dio orden de que condujeran a los reos en dos carros separados a Santos Lugares, donde estaba la más temida prisión del régimen. Con creciente angustia, los amantes vieron cómo se cerraban las puertas de sus respectivas prisiones. Estaban incomunicados entre ellos y con el resto del mundo. Camila, sin embargo, pudo hacer llegar una carta a su amiga Manuela Rosas. Esta le contestó el 9 de agosto alentándola a que no se dejara quebrar, que ella la ayudaría. El mismo día empezó a preparar, en la Casa de Ejercicios, un lugar para su amiga. También hizo llevar libros de historia y de literatura para Gutiérrez a la cárcel del Cabildo. Pero en el plan de Rosas no entraba la llegada de los reos a Buenos Aires, donde podrían haberse defendido. Para no tener que enfrentarse con los pedidos de clemencia de su hija, era necesario actuar rápida y drásticamente. Las declaraciones que Camila hiciera en San Nicolás no hacían sino corroborar su posición subversiva: no estaban arrepentidos, sino "satisfechos a los ojos de la Providencia" y no consideraban criminal su conducta "por estar su conciencia tranquila". ¿Adónde se iba a llegar si hasta las simples mujeres se creían con derecho a entenderse directamente con Dios? Todo eso olía a luteranismo y libre interpretación de la Verdad. Era muy peligroso. Según Marcelino Reyes, la joven preguntó si el señor gobernador estaba muy enojado y quiso saber lo que decían de ella. Después de dejarla comer y descansar, Reyes retomó su conversación con Camila para aconsejarla sobre lo que debía declarar. Camila hizo entonces con franqueza la historia de sus amores con Gutiérrez. Databan de fecha muy anterior a su fuga. Explicó que él no tenía vocación y su matrimonio había sido ante Dios. Que él no había hecho sus votos de corazón y que, por consiguiente, eran falsos y no era sacerdote. Que la intención de los dos era irse a Río de Janeiro, pero que no lo habían podido efectuar por falta de recursos. También Gutiérrez había hecho su exposición y ambas fueron llevadas por un chasque ante el gobernador, esa tarde del 17 de agosto. Casi amanecía cuando despertó a todos el retumbar de cascos de caballos, gritos y golpes violentos en el portón de entrada. Era el modo que tenían los hombres del gobernador de anunciar su llegada. Rosas ordenaba la inmediata ejecución de los reos sin dar lugar a apelación ni defensa. Sólo se les otorgaban unos instantes para confesarse y prepararse para morir. Fue entonces cuando Reyes decidió mandar un urgente despacho avisando el estado de preñez de la joven, avalado por el médico de la prisión. Al mismo tiempo mandó una carta a Manuelita explicándole la urgencia de la situación. Reventando caballos llegó el chasque a Palermo y entregó los despachos al oficial de guardia. Pero la carta jamás llegó a Manuelita. El gobernador no podía aceptar que existiera un testimonio vivo de la desobediencia, un hijo que hubiera representado para muchos el triunfo del amor sobre el orden establecido. Cerca de la hora, Gutiérrez hizo llamar a Reyes a su calabozo. El ex cura estaba sentado en el catre, vestido con levita y pantalón negro. Su semblante dejaba entrever la tempestad de sentimientos que lo acosaba.




Sentaron a cada uno de ellos en una silla, cargada por cuatro hombres a través de dos largos palos. Como a todos los condenados, les vendaron los ojos y, escoltados por la banda de música del batallón, los llevaron al patio rodeado de muros. Bajo el pañuelo, los ojos de Camila dejaban escapar dos hilos de lágrimas que, a pesar del dominio de sí expresado en un rostro inmutable, no podía evitar.

Mientras los soldados los ataban nerviosamente a los banquillos, Camila y Gutiérrez pudieron hablarse y despedirse, hasta que este último comenzó a gritar: "Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado ¡miserables...!". Sus palabras fueron acalladas por el capitán Gordillo, que mandó redoblar los tambores e hizo la señal de fuego. Cuatro balas terminaron con su vida. Después, se oyeron tres descargas y Camila, herida, se agitó con violencia. Su cuerpo cayó del banquillo y una mano quedó señalando al cielo. "... en la vecindad quedó el terror de su grito agudísimo, dolorido y desgarrador..." Esta historia de amor de inocentes víctimas de intereses políticos iba a convertirse con el tiempo en el suceso más imperdonable del gobierno de Rosas... Sería el comienzo del fin.














































































P/D:ESCANDOLO PUBLICO...
A los 18 años, Camila conoció al padre Ladislao Gutiérrez, un sacerdote jesuita que había asistido al seminario junto con el hermano de Camila. El padre Gutiérrez provenía de un entorno similar (su tío era el Gobernador de la provincia de Tucumán). Había sido nombrado párroco de la familia O'Gorman, y pronto comenzó a ser invitado a la propiedad de la familia. Camila y Gutiérrez comenzaron pronto un romance clandestino.
En 1847, Camila y el padre Gutiérrez se fugaron a caballo y se refugiaron en la provincia de Corrientes (entonces bajo el control de opositores al Gobernador Rosas). Cuando el escándalo se hizo público, algunos seguidores de Rosas sugirieron que había sido secuestrada. Los oponentes políticos de Rosas exiliados, incluyendo al futuro presidente Domingo Faustino Sarmiento, declararon que la tiranía de Rosas era cuplable de corromper la moral de la mujer argentina.
En agosto del año 1848 su paradero fue descubierto, y fueron arrestados por un sacerdote irlandés llamado Michael Gannon. Camila negó haber sido violada y afirmó haber sido la iniciadora del romance y la ideóloga de la fuga. O'Gorman y Gutiérrez fueron llevados nuevamente a Buenos Aires para ser juzgados. Ante el clamor popular contra la violación de los votos de castidad del sacerdote y la mala reputación que se temía atrajera sobre la comunidad irlandesa, fueron condenados a muerte y fusilados poco tiempo después, el 18 de agosto de 1848 en el Cuartel General de Santos Lugares (actualmente localidad de San Andrés, General San Martín). O'Gorman, de 20 años, estaba encinta de ocho meses cuando acabaron con su vida.

¡¡Cumpleaños de verydiro!!

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¡¡Una luz contra el cáncer... no dejemos que se apague.!!

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