Shirley tenía cuatro años y yo dos, cuando mamá y papá trajeron a casa un hermanito. Se le dio el nombre de Richard Olen, pero le llamábamos Dickie porque pesaba sólo dos kilos y Richard nos parecía nombre para un bebé de cinco kilos.
En las ropas normales de un bebé, Dickie desaparecía. Mamá lo vestía con prendas de muñeca para poder encontrarlo. Shirley y yo nos acurrucábamos a su lado y cada una tomaba una de sus manitas, tan sonrosada y exquisita como un botón de rosa. Rara vez lloraba, pero siempre que lo hacía mi hermana y yo corríamos a plantarnos junto a su cuna.
Nuestro hermanito no gorjeaba, no gateaba y nada tocaba ni exploraba como otros bebés. Se estaba tendido, inmóvil, mirándonos y chupándose el dedo pulgar, muy campante. Para Shirley y para mí era un adorado muñeco de trapo y solíamos acomodarlo en una silla durante nuestros juegos. Ni Shirley ni yo dábamos cuenta de que nuestro hermanito fuera distinto; solamente lo amábamos.
Tenía Dickie cuatro años cuando comenzó a gatear, pero sus espigadas piernas carecían de fuerzas. Para entonces, Shirly contaba ya ocho años y se había convertido en una mandona hermana mayor. “Ve a traer la escoba”, me ordenó un día, “y enseñaremos a andar a Dickie”.
-¿Me quieres?
Mamá sonreía, le revolvía los cabellos y contestaba:
-Seguro que si. Eres mi Dickie pajarito.
Los otros niños podrían estar ocupados en construir fuertes o en prender fuego a una cerca; Dickie, por su parte andaría en busca de bolígrafos, ningún bolígrafo, en un radio de 400 metros, se encontraba a salvo de sus deditos regordetes. Y cuando descubría uno, le desenroscaba el capuchón, quitaba el resorte y ensartaba este al extremo de una vara para verlo culebrear cada vez más de prisa. ¡Y había que ver cuánto quería a sus crayones! Empezaba por quitarle cuidadosamente el papel que los cubría y luego los cortaba en pedazos, que en seguida ponía en línea sobre su mesa y los hacía rodar de atrás adelante. Al fastidiarse de jugar así, metía los trozos de crayones en una caja de zapatos que llevaba bajo el brazo adondequiera que iba.
Por June Rae Word














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