jueves, 11 de febrero de 2010

Dios ama cada día


Gracias! Hace poco leí un artículo que empezaba con esas palabras. ¡Gracias! ¡Qué hermosa palabra! Un autor decía que es como una flor exótica en medio de la montaña de la vida. Es verdad, es muy difícil decir ¡gracias!, pero ¿Cómo no hacerlo con alguien que nos ha hecho tanto bien? Más de alguna vez he escuchado a personas decir que Dios no los ama, ya sea porque el sufrimiento no los ha abandonado, ya sea porque la fortuna nunca a tocado a su puerta. Es una dura afirmación y, a la vez, triste.
Sin embargo, creo que Dios no ha dejado nunca de amarnos, Dios nos sigue amando cada día, a cada paso, a cada instante. Me apena que los hombres no descubramos ese amor bendito que no se esconde y que nos acaricia siempre.
Dios me ama cada mañana cuando me levanto y me doy cuenta de que estoy vivo, cuando me dirijo a la calle y puedo salir con mis propias piernas y moverme de un lado para otro ¿Cuántos hombres desearían dar por lo menos una de mis zancadas o golpear una vez un balón de fútbol? Dios me ama cuando, día a día, me permite mover estos brazos con los que estrecho a un ser querido o saludo a un compañero. Me ama cada día cuando escucho la voz de un niño o cuando veo una sonrisa o las lágrimas en su rostro. Y qué decir cuando sé que tengo unos padres que me quieren y unos amigos que jamás me traicionarían. Y aún más, cuando me acerco a la mesa y observo que jamás me ha faltado un plato y un poco de alimento. Dios me ama, me ama a cada día, a cada paso, a cada instante. Basta dejar de ser miope y descubrir


Autor: Evanibaldo Díaz

martes, 9 de febrero de 2010

EL AMOR


Y Dijo Almitra: Háblanos del Amor.

Y él levantó la cabeza, miró a la gente y una quietud descendió sobre todos. Entonces, dijo con gran voz:

Cuando el amor os llame, seguidlo.

Y cuando su camino sea duro y difícil.

Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida os hiriera.

Y cuando os hable, creed en él. Aunque su voz destroce vuestros sueños, tal cómo el viento norte devasta los jardines.

Porque, así como el amor os corona, así os crucifica.

Así como os acrece, así os poda.

Así como asciende a lo más alto y acaricia vuestras

más tiernas ramas, que se estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá en un

abrazo con la tierra.

Como trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.

Os desgarra para desnudaros.

Os cierne, para libraros de vuestras coberturas.

Os pulveriza hasta volveros blancos.

Os amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.

Y os asigna luego a su fuego sagrado, para que podáis convertiros en sagrado pan para la fiesta sagrada

de Dios.

Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros,

por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida.

Pero si, en vuestro miedo, buscareis solamente la paz y el placer del amor, entonces, es mejor que cubráis

vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales.

Hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas

vuestras lágrimas.

El amor no da nada más a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo.

El amor no posee ni es poseído.

Porque el amor es suficiente para el amor.

Cuando améis no debéis decir: «Dios está en mi corazón», sino más bien: «Yo estoy en el corazón de Dios.»

Y pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él si os encuentra dignos, dirigirá vuestro curso.

El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.

Pero, si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:

Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.

Saber del dolor de la demasiada ternura.

Ser herido por nuestro propio conocimiento del amor. Y sangrar voluntaria y alegremente.

Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.

Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar.

Volver al hogar con gratitud en el atardecer.

Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón y una canción de alabanza en los labios.




Khalil Gibrán - Extraído del libro "El Profeta"

SE SINCERO EN LA ACCION



Sé sincero en la acción; nunca pretendas aparecer diferente de como realmente eres, porque toda simulación es un obstáculo para la luz de la verdad, que debería resplandecer a través de ti como la luz solar refulge a través de un límpido cristal.

Aprende a distinguir entre lo egoísta y lo desinteresado. Porque el egoísmo tiene muchas formas y cuando crees haberlo destruido por fin en una de ellas, surge en otra tan fuerte como siempre. Pero gradualmente estarás tan lleno del pensamiento de ayudar a los demás que no tendrás ya lugar ni tiempo para pensar en ti mismo.

Por lo tanto, deberás hacer el bien por amor al bien y no con la esperanza de recompensa; deberás trabajar por amor al trabajo, no con la esperanza de percibir el resultado; deberás dedicarte al servicio del mundo porque lo amas y porque no puedes prescindir de ayudarlo.

La sabiduría que capacita para ayudar, la voluntad que dirige a la sabiduría, el amor que inspira la voluntad: he ahí las cualidades por adquirir. Voluntad, Sabiduría y Amor.

De todas las cualidades requeridas, la más importante es el amor, porque si el amor está suficientemente desarrollado en un ser, le obliga a adquirir todas las demás; y todas ellas sin amor, jamás serían suficientes.

J. Krishnamurti - A los Pies del Maestro

sábado, 6 de febrero de 2010

LA VIDA DE CADA PERSONA

¡Bien dicen los Libros, hermanos míos!: la vida de cada persona
es resultado de su antigua manera de vivir;
cada mala acción pasada ocasiona penas y aflicciones,
el bien pasado engendra la felicidad...

Yo, Buda, que lloré con todas las lágrimas de mis hermanos,
mi corazón partido por las penas de todo el mundo,
¡me río y estoy contento, porque allí existe la Libertad!
¡Oíd!, ¡vosotros que sufrís!, comprended:

Sufris por lo que sois. Nadie más obliga,
nadie más determina que viváis y muráis,
y giréis sobre la rueda de la existencia, abrazando y besando
sus radios de angustia...

Antes de todo principio, y sin ningún fin jamás
como el espacio eterno, con seguridad
hay, fijo, un Poder Divino que lleva hacia el bien;
sólo sus Leyes perduran...

Aquellas que son sus pinturas en las nubes gloriosas,
y estas sus esmeraldas en la cola del pavo real;
tiene sus estaciones en los astros, sus esclavos
en los relámpagos, el viento y la lluvia...

Este es su trabajo en las cosas que veis;
son más las cosas ocultas: las emociones y la mente humana,
los pensamientos de las personas y sus costumbres y voluntades,
en estas cosas, también, la Ley manda...

No será desdeñada y burlada por nadie;
quien la frustre, pierde; y quien la sirva, gana;
ella paga con paz y dicha el bien escondido;
con dolor el mal...

No conoce ni loa ira ni el perdón;
exactísimas medidas reparte con su impecable balanza;
el tiempo no importa, mañana juzgará,
o después de muchos mañanas.

Así él mismo apuñaló el cuchillo del asesino;
el juez injusto ha perdido a su propio defensor;
la lengua traicionera condena a su misma mentira;
el ladrón cauteloso y el saqueador roban... y pagan.

Así es la Ley que lleva hacia la rectitud,
que nadie puede apartar o detener;
su corazón es el Amor, y su fin
la dulce paz y consumación. ¡Obedece!

Del libro La Luz de Asia de Edwin Arnold

viernes, 5 de febrero de 2010

Trajo un rayo de sol a nuestro hogar



Shirley tenía cuatro años y yo dos, cuando mamá y papá trajeron a casa un hermanito. Se le dio el nombre de Richard Olen, pero le llamábamos Dickie porque pesaba sólo dos kilos y Richard nos parecía nombre para un bebé de cinco kilos.
En las ropas normales de un bebé, Dickie desaparecía. Mamá lo vestía con prendas de muñeca para poder encontrarlo. Shirley y yo nos acurrucábamos a su lado y cada una tomaba una de sus manitas, tan sonrosada y exquisita como un botón de rosa. Rara vez lloraba, pero siempre que lo hacía mi hermana y yo corríamos a plantarnos junto a su cuna.

Nuestro hermanito no gorjeaba, no gateaba y nada tocaba ni exploraba como otros bebés. Se estaba tendido, inmóvil, mirándonos y chupándose el dedo pulgar, muy campante. Para Shirley y para mí era un adorado muñeco de trapo y solíamos acomodarlo en una silla durante nuestros juegos. Ni Shirley ni yo dábamos cuenta de que nuestro hermanito fuera distinto; solamente lo amábamos.

Tenía Dickie cuatro años cuando comenzó a gatear, pero sus espigadas piernas carecían de fuerzas. Para entonces, Shirly contaba ya ocho años y se había convertido en una mandona hermana mayor. “Ve a traer la escoba”, me ordenó un día, “y enseñaremos a andar a Dickie”.
Como no sabía yo si Shirly pensaba darle de golpes en la cabeza o barrer al hermanito por debajo de la puerta, me negué a obedecer, pero cuando comprendí lo que se proponía, estuve ansiosa por ayudarla. Pasábamos horas con nuestro especial hermano en tanto él se aferraba al mango de la escoba, y lo incitábamos y jalábamos hasta que, un día, consiguió ponerse en pie por su propio esfuerzo y tambaleante, cruzó la habitación. ¡Ya podía caminar! Los ojos le chispeaban y farfullaba, orgulloso.
De allí en adelante ya nunca estábamos seguras de dónde andaba Dickie. Dueño de una libertad recién descubierta, sólo deseaba vagar de una puerta a otra y explorarlo todo. Bien podíamos encontrarlo caminando animosamente en dirección al pueblo, o bien siguiendo al perro del vecino en algún misterioso viaje.
A medida que corrían los años, crecía nuestra familia. Casi año con año mamá recibió un bebé hasta que cumplí los 11 años. Después de Dickie fueron llegando Lynda, Ted, Mike, Danny Janie Poo.
Como Dickie no podía encaramarse con nosotros a la casita que habíamos armado en un carbol, se quedaba sentado en el columpio colgado de una rama, pegaba la oreja a un radio portátil mientras cantaba y se mecía a sus anchas. Y en tanto siguiera cantando, mamá sabía dónde hallarlo.
Dickie no nos quitaba el ojo de encima a la vez que nosotros lo cuidábamos. Si Janie Poo se caía, él le besaba la rodilla magullada para curársela. Si los otros chicos reñían entre si, Dickie rescataba al hermanito menor y se lo llevaba a casa bajo el brazo para luego dejarlo caer a los pies de mamá. Hasta de mamá cuidaba. Si la veía triste, le daba un golpecito en la barbilla y le preguntaba con su insegura voz:
-¿Me quieres?
Mamá sonreía, le revolvía los cabellos y contestaba:
-Seguro que si. Eres mi Dickie pajarito.
Los otros niños podrían estar ocupados en construir fuertes o en prender fuego a una cerca; Dickie, por su parte andaría en busca de bolígrafos, ningún bolígrafo, en un radio de 400 metros, se encontraba a salvo de sus deditos regordetes. Y cuando descubría uno, le desenroscaba el capuchón, quitaba el resorte y ensartaba este al extremo de una vara para verlo culebrear cada vez más de prisa. ¡Y había que ver cuánto quería a sus crayones! Empezaba por quitarle cuidadosamente el papel que los cubría y luego los cortaba en pedazos, que en seguida ponía en línea sobre su mesa y los hacía rodar de atrás adelante. Al fastidiarse de jugar así, metía los trozos de crayones en una caja de zapatos que llevaba bajo el brazo adondequiera que iba.



Por June Rae Word

jueves, 4 de febrero de 2010

EL SERMON DEL MONTE"Las bienaventuranzas"


1 Y viendo las gentes, Jesús subió al monte; y sentándose, se llegaron á él sus discípulos.
2 Y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo:
3 Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación.
5 Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán á Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron á los profetas que fueron antes de vosotros.
13 Vosotros sois la sal de la tierra: y si la sal se desvaneciere ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y pisada de los hombres.
14 Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
15 Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que alumbre á todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen á vuestro Padre que está en los cielos.
21 Oísteis que fué dicho á los antiguos: No matarás; mas cualquiera que matare, será culpado del juicio.
22 Mas yo os digo, que cualquiera que se enojare locamente con su hermano, será culpado del juicio; y cualquiera que dijere á su hermano, Raca, será culpado del concejo; y cualquiera que dijere, Fatuo, será culpado del infierno del fuego.
23 Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti,
24 Deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.
38 Oísteis que fué dicho á los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente.
39 Mas yo os digo: No resistáis al mal; antes á cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra;
40 Y al que quisiere ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa;
41 Y á cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos.
42 Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehuses.
43 Oísteis que fué dicho: Amarás á tu prójimo, y aborrecerás á tu enemigo.
44 Mas yo os digo: Amad á vuestros enemigos, bendecid á los que os maldicen, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
45 Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos é injustos.
46 Porque si amareis á los que os aman, ¨qué recompensa tendréis? ¨no hacen también lo mismo los publicanos?
47 Y si abrazareis á vuestros hermanos solamente, ¨qué hacéis de más? ¨no hacen también así los Gentiles?
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.



Jesus

martes, 2 de febrero de 2010

BALSAMO DE AMOR...


Camino a la cabaña de la playa donde mi familia pasaba las vacaciones, formulé un propósito: durante las siguientes dos semanas, intentaría ser un esposo y padre cariñoso. Sería afectuoso y amable; no pondría peros ni condiciones.

La idea se me había ocurrido al escuchar por radio, en mi auto, a un comentarista que citaba un pasaje bíblico relativo a la consideración que los maridos deben tener con sus esposas; después, continuaba: “El amor es un acto de voluntad. La persona puede optar por amar”. Debía yo reconocer que había sido un esposo egoísta y que mi falta de tacto había empañado nuestro amor, debido a mis mezquindades: reñía a Evelyn por su morosidad; insistía en ver los programas de televisión que sólo a mí interesaban; echaba a la basura los periódicos del día anterior que sabía que mi mujer no había leído aún. Pues bien, durante dos semanas, todo eso cambiaría. ¡Dicho y hecho! Desde el momento mismo en que besé a mi esposa en el umbral de la puerta, la cumplimenté: -¡Ese suéter amarillo que estás estrenando te sienta de maravilla! -¡Gracias! ¡Me alegra que lo hayas notado! –repuso, sorprendida y contenta, y quizá hasta un tanto perpleja.

Cansado del largo viaje, sólo deseaba sentarme a leer, pero Evelyn sugirió que diéramos un paseo por la playa. Ya iba a decirle que no, cuando pensé: Evelyn ha estado aquí sola con los niños toda la semana y ahora desea estar sola conmigo. Así pues, nos fuimos a caminar por la playa mientras los niños hacían volar sus papalotes.

Y así seguí cumpliendo mi propósito. Dos semanas sin telefonear a la compañía de inversiones de Wall Street en la que soy uno de los directores; una visita al museo de conchas, aunque por lo general detesto los museos (y sin embargo, me gustó); ningún comentario hiriente cuando la morosidad de Evelyn al arreglarse ocasionó que llegáramos retrasados a una cena. Pasé todas las vacaciones relajado y feliz, y me hice un nuevo propósito: seguir recordando que había yo optado por amar.

Sólo una cosa falló en mi experimento, y todavía mi esposa y yo reímos al recordarlo: la última noche que pasamos en la cabaña, al ir a acostarnos, Evelyn se quedó mirándome con expresión triste. -¿Qué pasa? –le pregunté. -Tom –me contestó, acongojada-, ¿sabes algo que yo ignore? -¿Qué? ¡Explícate! -Bueno… ese examen médico al que me sometí hace unas semanas… ¿Te dijo el doctor algo al respecto? Has sido tan bueno conmigo estos días… ¿Es que me estoy muriendo?

Tardé algunos momentos en comprender la inquietud que embargaba a mi mujer, pero en seguida solté la carcajada: -¡No mi vida! –Repuse, abrazándola-. No estás muriéndote… ¡Lo que sucede es que yo estoy empezando a vivir!

¡¡Cumpleaños de verydiro!!

¡¡AMIGO TILDA PLAY Y ESCUCHA MÚSICA DEL ALMA!!


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¡¡Una luz contra el cáncer... no dejemos que se apague.!!

Vela contra el cancer